No me siento bien, me siento
derrotada por la vida, cansada, sin ánimos, llena de miedos e incapaz de hacer
algo por mí misma. La amistad ha fallado o quizás nuca fue lo que pensé, alguna
vez la considere un pilar fundamental, hoy creo que las amistades son solo
necesarias para un periodo, para aquel en el que estas creciendo y necesitas
verte reflejado y apoyado por pares. Hoy, a portas de mis 30, me siento inmensamente
vieja, inmensamente triste y tremendamente defraudada, no de mis amigas, sino
de la vida. Porque muy distinto es comprender en la soledad que vivimos, que
vivirla. Hace unas semanas una amiga me mandó una carta reclamando por el
distanciamiento que habíamos tenido, y en ese momento no la entendí; hoy
después de haber meditado mucho sobre el asunto, de haber llorado mucho sobre
la carta, de haber conversado lo más que se pudo del asunto con esa amiga, solo
puedo concluir que el distanciamiento es más grande y tremendo que nunca, porque
que somos dos personas que un día compartimos cada anécdota del día, cada
sentimiento, nos aprobábamos y nos fortalecíamos una al lado de la otra y nos
llenamos la boca a diario tratándonos de lo que en verdad y completamente éramos
“a m i g a s”; y llegamos a lo que
irremediablemente hoy en día somos, dos mujeres intentando construir una vida,
con las herramientas que podemos y tenemos. Tratando cada día de buscar una
explicación o una justificación para poder levantar la cabeza y sonreír, y que
por lo tanto podríamos pasar como hermanas, pero en lo preciso y en lo más
profundo, solo queda en evidencia lo distante-distintas, son dos vidas a parte
y lejanas. Y así será… con estas dos vidas o con las de tres, o con las de
cuatro amigas, o con las de la humanidad entera, todas distintas y separadas,
cruzadas en pequeños segundos, una tarde de té, un cumpleaños, una noche de
fiesta, e irremediablemente solas, porque ya absorbimos todo lo necesario de
las otras, allá en esa época, allá cuando todavía no estábamos completas.
No me siento bien, tengo mucho
miedo, y se me aprieta el corazón y pienso que se me saldrá por la boca y no es
una sensación bonita, es angustiante y solo me deja a la deriva, me demuestra
lo minúscula que soy, lo débil. Y añoro los años de rebeldía, en los que era
dueña de mundo, porque no cabía duda, realmente era la dueña, segura,
desafiante, quizás olvidadiza y desmemoriada, ya que no habían recuerdos de
caídas anteriores, pues no existían; que añoranza de esos años en que todo era
por hacer. Y verme hoy tan joven aun, pero con el alma tan destruida, que me
cuesta ver 30 años más hacia adelante, ¿cómo voy a llegar si ya tengo la carga
tan pesada? Pero si, si lo sé, todos llegan, todos podemos. ¿Debiera sentirme
mejor con ese consuelo?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario